La llama de Epecuén

El origen de las lágrimas

Recordamos los últimos cien años, pero antes hubo otros cien, y cien más, y otros, y otros, que funden la historia con leyenda. Fue en esos tiempos que los primeros pobladores rescataron a un niño de un gran incendio y le dieron por nombre Epecuén –“casi quemado”– y el niño se volvió luz y música para su gente. Epecuén se fue convirtiendo en un joven hermoso y fuerte. Conquistador de territorios y amores. Tomó a Tripantu, y el amor los tomó a los dos con la fuerza de cien tornados.

En este domingo de carnaval, a un costado del camino que bordea el lago, en el bosque que emergió de la inundación, se ven músicos y bailarines que con antorchas recuerdan ese génesis. Los vemos avanzar hacia la orilla y detenerse para crear un círculo de luz debajo de dos imponentes figuras entrelazadas: una pareja feliz, que según cuenta una voz es la enorme reproducción de una pieza de orfebrería prehispánica.

 

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La voz calla porque una música sensual, una zamba enamoradiza acompaña a dos bailarines en la belleza del amor hecho movimiento. Pero el fuego que iluminaba las figuras crece hasta devorarlas, y la historia se distorsiona en sonidos, confusión y desasosiego.

La pasión entre Epecuén y Tripantu ha durado lo que una luna, él prefiere seguir con todas sus conquistas y ella, desconsolada, llora. Llora tanto que sus lágrimas crean el lago y en esa crecida de dolor Epecuén y sus nuevas conquistas se ahogan, se funden con el lodo.

De la pareja quedan solo una fogata y cenizas en la playa. Pero en el agua asoma una enorme figura antropormorfa. Son dos grandes ojos tristes que lloran y lloran lágrimas de fuego que se vuelven antorchas y se multiplican en las manos de quienes quieran sostenerlas. Todos juntos comienzan a caminar. La música los acompaña por la orilla, por el viejo camino.

La llama de Epecuén no se apagará jamás

Al llegar a las ruinas de Epecuén, encontramos esta frase grabada en la piedra de un hito.

Cien años son otro hito. Constructores de Fuego suma su arte a este recordatorio. Cien primeros años donde pasaron cosas que dejaron huella y que vuelven en recuerdo, en ecos, en voces y músicas viejas y nuevas, que cambian, pero que nunca se apagan.

Desde los archivos fotográficos las figuras humanas se ponen de pie, con su tamaño real, talladas en madera y cubiertas por el blanco de la sal. Son como fantasmas dichosos que vuelven a poblar con su antigua alegría esas calles, hoy derruidas. Extrañeza: de todos los rincones se va acercando un latir de tambores y bombos iluminados por antorchas. Cerca de las siluetas se encienden pequeños fueguitos, y las imágenes parecen cobrar vida al contraste de la luz. Toda la avenida principal se ilumina. El rojo del atardecer cae hacia el lago. Los tambores, las antorchas y los visitantes acompañan. En la orilla una orquestita típica rescata y toca esas músicas.

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Es sábado de carnaval. Detrás de los músicos y los bailarines, semisumergidas en el lago, se recortan las figuras inmóviles de la vieja comparsa de indios. Y ahora vienen marchando una vez más desde la entrada. Se escuchan cascos de caballos reales, y los jinetes son algunos de los que aparecían en la vieja foto, solo que con unos cuantos años más. ¡Otra vez la fiesta es hoy!

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Entonces la comparsa de madera toma vida o por lo menos así parece. Es una luz vital, la de un fuego amable que de a poco la abraza. Fuego que calienta e ilumina toda la ruina, que derrama vida y calor. La orquesta no alcanza, los tambores la ayudan, todos los presentes se vuelven bailarines.

Los jinetes y los músicos de pronto se encaminan calle arriba. El pueblo entero está ahí, en plena oscuridad, solo iluminado por los grupos de figuras convertidos en fogatas, elevados en las chispas, vueltos polvo de estrellas. Todos iluminados por ese fuego que nos guía –que está en el camino, en el cielo, en la música– vamos lentamente hacia la entrada y miramos la piedra entendiendo con otra emoción la frase que enmarca.

Luz al pasado

En un tiempo sin tiempo, como antes, y como seguirá sucediendo, todos seguimos yendo a la playa del lago en busca de su agua, de su sal, del barro, del sol y el aire, para ver y vernos con y en el otro. Pero ahora pasa algo distinto: son solo las siluetas de los bañistas, blancos por completo, como posando. Unas fotos pequeñas ayudan a nuestra desorientación: son réplicas en escala natural de las imágenes.

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Todo el día acompañan a los visitantes. Burlas, fotos, indiferencia. Y cuando parecen ser parte permanente del paisaje, el sol se esconde en el horizonte y del lago emergen antorchas con fuego. También llegan músicos llenando todo de contenido sonoro. Luz y sonido danzan amenazantes cerca de esas figuras ahora fantasmales, iluminadas por la luz del fuego. Las llamas pronto las toman, las desdibujan y las vuelven pequeñas fogatas en la línea de la orilla.

Los músicos y las antorchas caminan entre los árboles gélidos y se detienen en el matadero. El camino que entra al edificio vibra en los mil fueguitos que lo demarcan. Dejan ver una silueta recurrente, que se repite desde su interior hasta el viejo pórtico de entrada. Justo ahí las antorchas iluminan una ronda de música y baile que comparte su arte a quien quiera compartir. Una fiesta que solo se interrumpe cuando una fila de fuegos dibujan en el aire uno de los muros circulares ya caídos. La construcción parece bailar con el movimiento de las llamas.

Uno a uno, el fuego toma a los ciclistas. Como plegarias, los eleva al cielo de increíbles estrellas. En esta llama va el deseo del pan y el trabajo, de que esa llama nunca muera. Todo se condensa en ese único personaje con su mano en alto que nos saluda, sonriéndonos francamente, diciéndonos “sigan construyendo alegría y misterios, artistas”… entonces regresa la música, el baile, la llama de Epecuén: esa que nunca se apagará.



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